Portada‎ > ‎Noticies‎ > ‎

El horario de verano cumple 101 años

25 de març 2017, 4:51 publicada per Diego Rodríguez   [ actualitzat el 4 de juny 2017, 12:45 ]
El gráfico muestra en color amarillo las horas de luz solar directa o crepuscular que se reciben en Mataró a lo largo del año, y sobrepuestas en color salmón las correspondientes a un típico día laboral continuo. Las horas nocturnas aparecen en color violeta. Una línea blanca muestra la amplitud del día de no producirse el ajuste horario. Finalmente, los relojes esquematizan los ajustes a realizar en las fechas de cambio horario.

© Sualeh Fatehi & Diego Rodríguez.


A las dos de la madrugada del último domingo de marzo, los relojes parecen confabularse para saltar una hora y conducirnos aceleradamente hacia el amanecer, robándonos una hora de precioso sueño. Pero, ¿con que siniestras intenciones?

El horario de verano (en inglés Daylight saving time o DST) sigue la convención de adelantar los relojes para usar más la luz diurna. Normalmente los relojes se adelantan una hora a principios de la primavera, coincidiendo aproximadamente con el equinoccio, y se retrasan de nuevo en otoño.

Muchas culturas antiguas alargaban las horas diurnas en verano para mantener el cómputo total de horas, pero fue en 1905 cuando el constructor inglés William Willett concibió el horario de verano durante un paseo a caballo previo al desayuno, sorprendido al pensar cuántos londinenses dormían durante la mejor parte de un día de verano. Dos años más tarde publicó su propuesta, pero no encontró defensores hasta que Alemania, sus aliados y sus zonas ocupadas se convirtieron el 30 de abril de 1916 en los primeros países europeos en emplear el horario de verano. Luego, el Reino Unido, la mayor parte del resto de los Estados en guerra y muchos países neutrales europeos les siguieron. Rusia y otras pocas naciones esperaron al año siguiente, y los Estados Unidos no lo emplearon hasta 1918.

En España se aplicó el cambio de horario por primera vez en 1918, pero su uso fue discontinuo hasta su regulación por ley en 1981 y la adopción de la directiva comunitaria 2000/84/CE por la que se fija que el cambio tendrá lugar el último domingo de marzo, y el último de octubre, no de septiembre.

El horario de verano sólo proporciona resultados significativos en países situados en latitudes intermedias. En el ecuador, la longitud del día permanece constante a lo largo del año, mientras que a latitudes altas las diferencias en duración del día son tan grandes que añadir una hora extra no implica hacer las tardes más largas.

Según sus defensores, el añadir tiempo de luz diurna a las tardes beneficia al comercio, a la práctica deportiva y otras actividades a las que favorece la presencia de luz tras la jornada laboral, pero puede ocasionar problemas a la agricultura y a otras ocupaciones que dependen del tiempo de exposición a la luz solar. El incremento vespertino de luz puede ayudar a disminuir los accidentes de tráfico, pero sus efectos sobre la salud y la incidencia del crimen están menos claros, como tampoco lo está su pretendido ahorro de energía eléctrica al reducirse la necesidad de iluminación artificial, dado que el horario de verano puede estimular la aparición de picos de demanda, lo que incrementa los costes. Por otra parte, los cambios de horario dificultan la percepción del tiempo y pueden causar problemas de sueño a las personas, así como trastocar reuniones, viajes, facturación de equipaje, el mantenimiento de registros, dispositivos médicos y el uso de maquinaria pesada.

Afortunadamente, ¡muchos sistemas dirigidos por ordenadores, incluidos teléfonos móviles y sistemas de posicionamiento global, ajustan sus relojes automáticamente!